lunes, 8 de febrero de 2010

Por negar lo eviente, mira lo que pierdes.

Todo era perfecto. Estábamos tú, yo y la luna que nos iluminaba los ojos. Aquellos ojos que me hacían sentir escalofríos por todo el cuerpo. Eran unos ojos perfectos y con una mirda penetrante. En ellos me perdía como lo hacía esa luna llena que los iluminaba. Solo podia desviar la vista hacia tus labios e inconscientemente seguía mirandote a los ojos como si se tratara de un imán. Lo eran, esos ojos eran imanes.
Cada vez nos abrazábamos al vernos y a continuación nos sentábamos en un banco. El mismo banco de siempre. Estaba en el parque donde quedábamos siempre a la misma hora para vernos y contarnos qué tal habíamos pasado el día. Tú me contabas cosas relacionadas con tus amigos y lo bien que te lo pasas cuando estás con ellos. Yo te contaba cosas sobre mis amigas y lo que hacemos día a día. Cada día eran los mismos temas de conversación, pero no nos aburríamos, nos parecía interesante todo lo que nos contábamos. Pero llegó un día en el que me preguntaste si me gustaba alguien. Pero no gustar por gustar. Se refería a amor. Le contesté que sí, que era una persona muy especial por la que sería capaz de dejarlo todo. Él bajó la cabeza. Yo le pregunté si a él le pasaba lo mismo. Me dijo que no, que el amor es un asco y que siempre se acaba enamorando de la persona menos indicada. Hubo un silencio rotundo por parte de los dos.
Al cabo de un rato decidimos irnos cada uno a sus respectivas casas. "¿Nos vemos mañana?".. "Sí, a la misma hora".
Pasaron días y días y yo seguía yendo a nuestro parque. La única diferencia es que él no volvió.

No hay comentarios:

Publicar un comentario